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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante

Visiones ¿del futuro?

Artículo por Marqués de Torrealta

Si no escribiéramos porque todo está dicho -y también está dicho que todo está dicho- nadie escribiría; sólo que los hay que no sabemos hacer otra cosa. Escribamos, y lea el que quiera.
Personalmente, no soy demócrata más que en política. Escribo para un lector. Si a fin de cuentas son doscientos, pues muy bien. Pero no importa. El argumento democrático está suficientemente desacreitado (fuera de la política) para que yo insista en ello: ("Come mierda: millones de moscas no pueden estar equivocadas").
Paso a mis visiones. Hay una ciencia o paraciencia que se llama prospectiva, y que todo el mundo, incluso yo, sabe en qué consiste; alguna vez me ha llamado la atención ver hasta qué punto los guionistas y art directors de los estudios cinematográficos saben aplicarla, utilizarla, cuando de producir una película futurista se trata. Lluvia ácida, muchedumbres en la calle calentándose las manos alrededor de un bidón encendido, valor cero o menos cero de la vida humana, etcétera.
Hacia éso vamos, o ya estamos en ello. Lo han convertido todo en economía, y a no mucho tardar aquéllo de que se cobre por respirar puede dejar de ser un chascarrillo o una broma; el caso es que todo tiene su precio en oro -o en níquel-; hace mucho tiempo que es así, aunque no siempre fue así, pero no hasta este punto.
Todos hemos visto en televisión, en revistas, en periódicos, a gentes de bien, trabajadoras, serias y maduras, lanzadas a la calle por no haber alcanzado a cubrir con sus ingresos los plazos de la hipoteca, o víctimas de conflictos familiares, o de brutales regularizaciones de empleo -eufemismo que significa echar personas a la puta calle. No son bohemios, no son clochards, ni locos, ni extravagantes; son gentes que preferirían tener una casita, aunque sea una de las míseras conejeras que uno pasa la vida pagando (si es que no terminan de pagarla sus hijos, o sus nietos) y en las que uno puede oír desde el "salón" cómo el vecino se suena las narices. Y no pueden. El espectáculo hiela la sangre.
Cualquiera de nosotros que aún no esté en esa situación puede estarlo mañana, o pasado mañana. Y, mirando hacia el futuro a partir de los datos de hoy (prospectiva), procrear ya no es sólo un acto de irresponsabilidad, por el sufrimiento inherente a la existencia en este mundo, como siempre lo fue; ahora es que no podemos ni esperar que nuestros hijos vayan a comer caliente o frío todos los días, o que vayan a tener un techo.
Todo el que haya tenido vacaciones o haya estado enfermo y se haya quedado en casa y haya puesto la tele una mañana, ha podido ver en media hora ocho o nueve anuncios de prestamistas; señoras y señores que se ponen muy contentos porque pueden contraer una deuda más. ¡Así de fácil! Esos anuncios son el síntoma de lo que hay, y no las maquilladas estadísticas que nos ofrecen los que manejan el tinglado -y en cuyos zapatos, dicho sea de paso, yo no querría verme.
No es que no haya para todos. Es que la máquina, para que funcione, necesita un mundo en el que parezca que no hay para todos. Ésto es muy sabido, pero (ver prefacio...). Razón por la que uno tarda quince o veinte años en pagar un techo, y bien contento si puede terminar de pagarlo, razón por la que hay gente de bien durmiendo en la calle, razón por la que muchos jóvenes se dan al éxtasis, y al alcohol, y a lo que encuentran (como lo haríamos nosotros ante ese vacío pavoroso y esa selva feroz que tienen delante), razón por la que en media hora pueden verse en la tele ocho anuncios de prestamistas (haga usted la prueba).
Vemos locutores sonrientes, altos cargos optimistas, programas divertidísimos donde un señor calvo se enfada mucho no sé con quién y un mariquita nos enseña el culo y otro mariquita imita a Aznar; ¡qué divertido! La realidad, como siempre, es mucho, pero mucho más sombría (quizá por éso hay quien mira esas cosas, bien pensado). La realidad que está ya aquí son esas muchedumbres en la calle calentándose las manos al amor de un bidón con fuego, bajo la lluvia ácida, y matándose por un trozo de algo que comer.

Me criaron en la fe y la esperanza y la caridad; lo intento, lo intento. Pero las dos primeras cosas ya no es fácil albergarlas; habría que olvidarse de la realidad, lo que es peligrosísimo, a veces suicida. Y la última, es probable que pronto se haga imposible. Si caridad -en lo material- es dar al prójimo aquéllo de lo que uno puede razonablemente prescindir, cuando ya no tengamos ni siquiera lo imprescindible, ¿qué daremos?

4-3-2003

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