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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 83 - Las Huellas de Septiembre
Publicación de septiembre, 2003.
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Las reglas del deseo

  Artículo por Gabriel Cocimano   (version pdf)

Sexo virtual
Las reglas del deseo

Los nuevos tiempos han evidenciado una asombrosa mutación de las conductas y comportamientos sociales, que eran característicos de la modernidad. La era de la imagen y los mundos virtuales ha modificado roles y modos de vida, creencias y premisas sociales, hábitos y costumbres de la esfera privada. Precisamente en ésta última, el sexo virtual ha logrado metamorfosear los códigos del deseo sensual.

Con la evolución tecnológica, el hombre ha mutado sensitivamente: hoy la humanidad padece una baja capacidad sensorial, vale decir, una pérdida de precisión de los sentidos. En los años ’60, el movimiento hippie se había propuesto una cultura de la hiperestesia, al privilegiar el reencuentro con la naturaleza y exacerbar la experiencia sensorial a través de las drogas. Con la reacción conservadora y el miedo al sida, los años ’80 devolvieron otra vez la retractación frente al cuerpo y la desconfianza ante una comunicación sensitiva. Veinte años más tarde, ya en el nuevo siglo, el mundo digital nos anuncia una nueva fiesta para los sentidos (con el efecto multiplicador del telecasco y los teleguantes virtuales). Pero el paraíso de las nuevas sensaciones anula la interacción real, la del contacto físico y presencial .

El individuo, frente a la pantalla, tiene avidez de placer. Sin embargo, no se trata de un placer sin mediaciones, a la usanza clásica. Este placer virtual pasa por satisfacer el deseo escópico, audiovisual. La necesidad de mirar y de mostrar hace de la fría tecnología un lugar que potencia los sueños y las fantasías de las personas. Cuerpos que exhiben su privacidad (por dinero, diversión o narcisismo). Miradas ávidas de satisfacción. Una sensualidad fría que, de alguna manera, había vaticinado la literatura y el cine de ciencia ficción: el amor entre el hombre y la máquina. Robots que se enamoran de las heroínas de los filmes, o máquinas programadas para seducir. Basta recordar el clásico film “Blade Runner” en el que el protagonista -Harrison Ford- se enamora de un robot llamado Rachel, seducido por su sensibilidad.

Toda la tecnología está hoy al servicio del placer sensual. Constituye aquella la nueva frontera detrás de la cual el usuario (espectador) aparece extasiado, es decir, vacío de sentido. “Sólo resta el mirar desenfrenado, pero a través de una máquina, canalizadora libidinal, naturaleza muerta-viva, prótesis de nuestro propio cuerpo o contigüidad epidérmica que atenúa olores y alientos”.

En los tiempos ecuménicos del sida, en la era del individualismo hedonista y del desapego emocional, el sexo virtual se ha transformado en una panacea: limpio, aséptico, de una estética clínica, no implica riesgos físicos ni compromisos vinculares, y permite una mayor economía de tiempo y dinero. Constituye además “una especie de huida frente al desorden del cuerpo, la fealdad y el miedo a la mortalidad” , y un refugio para aquellos seres cuyas dificultades para relacionarse socialmente no les permite estrechar vínculos de índole sensual.

A la hora del placer, la tecnología permite sortear los obstáculos del tiempo y la distancia: se puede tener relaciones (ciber)sexuales a 10.000 kilómetros, cada uno frente a su computadora, munidos de algunos elementos accesorios (auriculares, cascos, guantes, prótesis tecnológicas). A su vez, la interactividad permite modificar a voluntad una imagen, seleccionar parejas virtuales o desconectarse si su ciber amante lo decepciona. Todo esto sólo es posible por las hazañas sensoriales del cibersexo, “¡con las consecuencias demográficas que supone para la humanidad la invención de semejante preservativo universal!”, tal cual ha postulado Paul Virilio.

El sueño al alcance de todos. “Ese sueño puede ser con un personaje virtual, que no existe salvo en la máquina. La otra opción es el sexo virtual con un personaje real, a distancia, conviniendo con tal pareja el momento del contacto (...) (Pero), ¿cuál es el resultado de esta vida erótica donde el amor se hace a distancia, que parece tan simple como aterradora, tan prolija como desmesuradamente solitaria?”.

Aséptico y frío, expeditivo y descomprometido, este placer sensual mediatizado cambia las reglas del deseo. La dimensión virtual goza de verosimilitud. Los cuerpos se exponen, calientes, frente a la pantalla, en una alucinación de detalles, de signos exactos. El deseo también es verosímil. Pero la satisfacción de ese deseo, ¿nos otorga el efecto de un goce verdadero? Si el placer sensual involucra la mente y los sentidos, ¿el virtual los abarca a todos? ¿Puede ser reemplazado el amor –que no sólo involucra al sexo- por alguna forma análoga en el espacio virtual? “La inteligencia artificial no posee inteligencia porque carece de artificiosidad –postula Jean Baudrillard - El verdadero artificio es el del cuerpo en la pasión, el del signo en la seducción, el de la ambivalencia en los gestos, el de la elipsis en el lenguaje, el de la máscara en la cara, el del rasgo que altera el sentido”.
¿Cómo se transfiere el deseo corporal a la dimensión virtual? En ésta última, el horizonte social y sexual de los otros ha desaparecido. Sólo queda la pura imagen, libre –y ansiosa- de ser manipulada. Lo demás, ya no parece interesar. Nos hemos convertido en meros seres deseantes de imágenes, fetiches éstas sin alma, asociales y asexuadas. “Y nuestro deseo se dirige a estas imágenes cinéticas, numéricas, fractales, artificiales, de síntesis, porque todas son de mínima definición. Casi se podría decir que son asexuadas como las imágenes porno, por exceso de verdad y de precisión. Pero de cualquier forma ya no buscamos en éstas imágenes una riqueza imaginaria, buscamos el vértigo de su superficialidad, el artificio de su detalle, la intimidad de su técnica”.

Los códigos del deseo virtual han modificado, a su vez, los códigos del placer sensual: paradójicamente, en la era del cuidado intensivo de los cuerpos, de su exaltación y del imperativo social de perfección y reciclado, es el propio cuerpo el que ya no se involucra en tanto objeto de placer sensual. La preponderancia de la imagen corporal ha autoabsorbido a Narciso, lo ha conminado a un aislamiento social y, por lo tanto, a una abulia en la intimidad física. Lo que queda es un “yo centrípeto, hedonista, fascinado por lo puramente puntual” .
Mantener sexo a distancia, o vía telefónica. Marshall Mc Luhan hablaba de las “extensiones del hombre”: en éste caso, la electrónica y la cibernética como extensiones del cerebro. Estas prótesis transparentes se han incorporado al hombre y han trastocado su sensibilidad. Es más, aquel ha adquirido la sensualidad fría y artificial de la máquina virtual. El deseo resultante de esta nueva sensibilidad es sutil, superficial, volátil, por lo tanto, incompleto (al menos, en relación al paradigma de la sensibilidad tal como lo conocemos). Sin dudas, es un síntoma de época, que tiene que ver con el triunfo de lo extático, es decir, aquello que está vacío de sentido. “¡Si al menos pudiera sentir algo!, ésta fórmula traduce la ‘nueva’ desesperación que afecta a un número cada vez mayor de personas –apunta Lipovetzky - Imposibilidad de sentir, vacío emotivo (...) (Estos desórdenes) se presentan no tanto en forma de trastornos con síntomas claros y bien definidos, sino más bien como ‘trastornos de carácter’, caracterizados por un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida”.

El culto fetichista por las imágenes virtuales producto de las nuevas sensibilidades, ha sido consecuencia del impacto que las tecnologías mediáticas han producido en el hombre, originando una nueva forma de experiencia: la estetización de la vida y la fragmentación del sujeto. La cultura de la imagen es omnipotente, diluyendo al arte en la estetización y al sujeto en la objetivación del consumo .
Erotismo virtual: una suerte de onanismo cibernético al que se suma la ilusión del acercamiento y la intimidad corporal. Verdadero simulacro de los cuerpos, de los circuitos integrados, hasta el orgasmo mismo se convierte en simulación, extasiado como está también él, desecho virtual sin ninguna finalidad ni satisfacción.
Las reglas del deseo, en la era cibernética, han cambiado de signo: ya la evidencia de esos cuerpos virtuales reemplazan a los del mundo corriente. A su vez, estos toman como modelo las reglas del deseo virtual: amar y seducir como las imágenes, amar y seducir a las imágenes. “Pendiente de las redes nace el desafecto de los demás, de sí, contemporáneo a la forma desértica del espacio generado por la velocidad, de aquella de lo social generado por la comunicación y por la información, de aquella del cuerpo generado por sus innumerables prótesis”.

El goce sensual no procede ya del contacto físico (porque la excesiva mediatización condujo a la desaparición del cuerpo como espacio de relación con el otro), ni siquiera de la imaginación, vale decir, la capacidad del sujeto de “crear imágenes mentales” ya que, como dice Virilio, esas imágenes nos vienen dadas mediáticamente, nos movemos hacia “la era de la persistencia mental de la imagen”.

Zapping de placer

A tono con el descompromiso y el desapego emocional de los tiempos, también el placer y el goce sensual están teñidos de frialdad y desapasionamiento. “La liberación sexual –dice Gilles Lipovetzky -, el feminismo, la pornografía, apuntan a un mismo fin: levantar barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas. Fin de la cultura sentimental (...) y nacimiento de una cultura cool en la que cada cual vive en un búnker de indiferencia, a salvo de sus pasiones y de las de los otros”.

El paradigma de la temporalidad actual es la aceleración, es decir, el incremento de la cantidad por sobre la cualidad, lo que nos da la ilusión de frenar el tiempo . En efecto, el placer virtual posibilita el consumo de (ciber)amantes en mayor escala, sin conciencia del pasado ni como espera de un placer futuro. “Al privilegiarse los anhelos individuales sobre los compromisos vinculares, los anhelos pulsionales buscan ser rápidamente satisfechos sin intermediación que retrace su goce (...) Desde la lógica del consumo, también es propio consumir relaciones. Las imágenes nos muestra a través de la pantalla cómo hombres y mujeres solucionan su vacío y soledad con otros hombres y mujeres que son fácilmente cambiables y desechables, sin demasiadas historias ni conflicto” .

El deseo contemporáneo, cada vez más azaroso, errático y voluble, se asemeja a la práctica sintomática del zapping, una verdadera metáfora posmoderna. Ambos responden al nerviosismo absoluto del colectivo social; ambos evidencian el vacío existencial de nuestro tiempo. Hay una práctica adictiva que tiende a rellenar aquel vacío. La lógica del zapping remite a la ansiedad del hombre por abarcar todo; la paradoja es que cuanto más hace para no perderse nada, más se pierde de ese todo que anhela abarcar. El deseo aparece como fragmentado, porque el imperativo social es el consumo de placer en cantidad, equivalente al consumo de imágenes cuantitativas que implica el zapping. En aras de la mitología de la temporalidad, se tiende al placer en el aquí y ahora. El presente parece ser el único tiempo posible, y la satisfacción individual la única búsqueda. El resultado: una sensación de placentero goce efímero y, paradójicamente, al mismo tiempo, de frustración duradera. “Los síntomas neuróticos que correspondían al capitalismo autoritario y puritano han dejado paso a desórdenes narcisistas imprecisos e intermitentes (...) Las relaciones repetitivas, con su inercia o pesadez, perjudican la disponibilidad, la ‘personalidad’ viva del individuo. Hay que buscar el frescor de vivir, reciclar los afectos, tirar todo lo que envejece: en los sistemas desestabilizados, la única ‘relación peligrosa’ es una relación de pareja prolongada indefinidamente. De ahí una bajada o subida de la tensión cíclica: del stress a la euforia, la existencia se vuelve sismográfica” .

Y en la escalada de la cultura personalista, flexible e individualista, el placer virtual ofrece la idea de sexo perfecto, en el que el sujeto “queda situado en la comodidad-frustración del no compromiso, el sexo virtual o indirecto, sin contacto físico, en silencio y en forma secreta, evitando la sexualidad real que lo expondría al riesgo de movilizaciones afectivas, a la condición preliminar necesaria de la palabra y la aparición de defectos e imperfecciones” .

En efecto, el principio de las conductas es el goce de “las pasiones egoístas y de los vicios privados”, sin problemas de conciencia porque las obligaciones hacia Dios y al prójimo ya fueron sustituidas hace tiempo por las “prerrogativas del individuo soberano” .

Sexo perfecto implica, además, cuerpos perfectos, obsesiva y rigurosamente exultantes e ideales. Esa maníaca potencialización de la perfección corporal tiene correspondencia con el culto a la cirugía estética de lo digital. Pero la paradoja es que esa perfección virtual empieza y termina en el ciberespacio, pues en la realidad no virtual “suena como una fantasía de poder narcisístico y esquizoide (...) Lo que es más significativo aún es que muchos individuos no desean conocer a sus corresponsales electrónicos. Ello podría ser una realidad penosa” . Este tema trae aparejado la idea de fragmentación y ruptura de la identidad del sujeto:
“En Internet, las personas son capaces de construir un yo al merodear por muchos yos. Una diseñadora de interiores admite excitada que no está en su mejor momento porque está a punto de tener un encuentro cara a cara con la persona con la que ha compartido meses de intimidad virtual a través de sesiones de conversación en América Online. Dice que está bastante segura de que su amante electrónico es realmente un hombre (en lugar de una mujer que pretende ser un hombre) ya que cree que él no habría sugerido un encuentro si fuese de otra manera, pero le preocupa que ninguno de los dos vaya a ser lo suficientemente parecido a sus tan deseados ciberyos” .

En este sujeto posmoderno, la dicotomía entre cuerpo y espíritu se ha esfumado, como afirma Gilles Lipovetzky. Según éste, el cuerpo psicológico ha sustituido al cuerpo objetivo y la concienciación del cuerpo por sí mismo se ha convertido en una finalidad en sí. “El cuerpo es fundamentalmente el dispositivo motor de los sentidos”, postula Jaron Lanier, reafirmando la no exclusiva materialidad corporal. Paul Virilio, en cambio, se refiere a la pérdida del cuerpo, porque la presencia del mundo virtual deslocaliza la posición de aquel. Esa realidad virtual nos hará perder definitivamente “el cuerpo propio en beneficio del amor inmoderado por el cuerpo virtual, por este espectro que aparece en el ‘extraño tragaluz’. Ello entraña una considerable amenaza de pérdida del Otro, el ocaso de la presencia física en beneficio de una presencia inmaterial y fantasmagórica (...) El hecho de estar más cerca del que está lejos que del que se encuentra al lado de uno es un fenómeno de disolución política de la especie humana” .

La cultura masiva ha estado obsesionada alrededor del tema de la metamorfosis del cuerpo y de la relación de éste con la máquina. Roland Barthes se refería a la “terrible amenaza de la pérdida del cuerpo” a manos de la máquina, a través de la figura del robot. En los años ’70, el novelista Ballard gustaba pensar a la ciencia ficción como ‘el sueño del cuerpo de convertirse en una máquina’. “Este sueño se ha convertido en el leit motiv de la cultura contemporánea, obsesionada por resignificar la corporalidad desde un horizonte configurado por extrañas visiones del futuro, paisajes biomecánicos donde metálicos cuerpos se mezclan en un éxtasis erótico, producto del sex appeal de lo tecnológico” .

En la obra del artista plástico suizo H. R. Giger queda plasmada esa búsqueda contemporánea del cuerpo maquínico, esa simbiosis entre el cuerpo y la máquina, una de las obsesiones fetichistas de la cibercultura. Sus creaciones biomecánicas ilustran “el triunfo de la prótesis, la invasión y colonización del cuerpo por la máquina, un entrecruzamiento de lo orgánico y lo inorgánico (que) no es otra cosa que la desaparición del límite entre hombre y máquina, a favor de una alquimia erótica que juega con la fluidez de los cuerpos convertidos en máquinas de placer tecnofílico (...) donde no es el contacto con la máquina sino el cuerpo como máquina lo que nos seduce (...). La obra de Giger traza la discursividad erótica del metal en el imaginario cyber” .

En fin, el deseo virtual ha modificado los códigos de la función sexo, porque también ha modificado los códigos sensitivos. El sexo a la usanza tradicional parece cada vez más superfluo, ya que el hombre contemporáneo se ha convertido en mero amante de imágenes. Sucede lo mismo con el sexo del clónico: “se trata de un residuo inútil. El sexo se ha convertido en una excrecencia, una diferencia excéntrica que ya no produce sentido en tanto que tal (...) En efecto, la paradoja del proceso clónico es fabricar unos seres idénticos a su pariente genético y, por consiguiente, sexuados, cuando la sexualidad ha pasado a ser perfectamente inútil en esta historia” .

El deseo virtual ha condicionado su lógica a la del espectador de un strip-tease: situado en posición catatónica, el amante cibernético, paralizado por el vértigo frío y la promiscuidad del detalle de las imágenes, extasiado por la alucinación de los signos de la evidencia, sólo cuenta con la mirada, vale decir, su única herramienta táctil y exploratoria. Lo demás –su cuerpo- ya no lo necesita.

Fuentes

Norbert BILBENY, La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital, Barcelona, Anagrama, 1997, en Marta LOPEZ GIL, Zonas Filosóficas, Buenos Aires, Biblos, 2000.

Florencia ARBISER, Las máquinas del placer, en “Clarín”, Suplemento “Segunda Sección”, Buenos Aires, 12/03/1995.

En “La irrealidad y el deseo”, entrevista con Jaron Lanier, Revista Elementos N° 39 Vol. 7, Nov.2000 (www.elementos.buap.mx)

Jean BAUDRILLARD, Videosfera y sujeto fractal, en Videoculturas de fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990.

Carlos DIAZ, Escucha, posmoderno, Madrid, E. Paulinas, 1985, en Manuel FERNÁNDEZ DEL RIESGO, La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos, en www.webislam.com

Gilles LIPOVETZKY, La era del vacío. Ensayos sobre la individualidad contemporánea, Anagrama, Barcelona, 1986.

Roberto Dante FLORES, Hedonismo y fractura de la Modernidad, en www.bu.edu , III Jornadas Nacionales de Investigadores en Comunicación.

José Luis CAO, Vivimos en una cultura de fascículos, en “Clarín”, Buenos Aires, 20/09/1998, p.20. Entrevista de Jorge Halperín.

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Gabriel JURE, Reflexiones sobre Televisión, Adicción y Pornografía, en www.apa.org.ar (página de la Asociación Psicoanalítica Argentina).

Krishan KUMAR, De la Sociedad postindustrial a la sociedad posmoderna, en Marta LOPEZ GIL, ob.cit.-

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Paul VIRILIO, El cibermundo, la política de lo peor, entrevista con Philippe Pettit, Madrid, Cátedra, 1997.

Fabián GIMENEZ GATTO, Devenires biomecánicos, en “H.Enciclopedia” Revista Virtual (www.henciclopedia.org.uy)

Jean BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama, Colección “Argumentos”, Barcelona, 1984.

Gabriel Cocimano (gcoci@tutopia.com) nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo (Universidad Nacional de Lomas de Zamora), ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos artículos en medios gráficos nacionales e internacionales (Todo es Historia, Sumario, Gazeta de Antropología de España, entre otros) y expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios) abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y espectáculos. Acaba de publicar "El fin del secreto. Ensayos sobre la privacidad contemporánea", Buenos Aires, Dunken, Abril 2003.
(Consultar página personal: http://personales.ciudad.com.ar/gcocimano/index.htm )

Acuarela del maestro Tobita, representando a la mujer en un mundo fantástico.

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