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La Redvista Electrónica de Cultura Latinoamericana en Canadá Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante |
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A OCHENTA AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE SIETE ENSAYOS:
Hugo van Oordt “Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario”.
En la famosa carta autobiográfica que Mariátegui dirigiera en 1928, al argentino Samuel Glusberg, sitúa en el año de 1918 la determinación de su orientación socialista. Mas para alguien como él que vivió entre 1894 y 1930, y le tocó madurar en el período de entre guerras, definitivamente no podía ser diferente. En sólo un lustro Europa había vivido la Primera Guerra Mundial y la Revolución Socialista Soviética, demás está decir también el embate americanista que sustituía a Inglaterra a nivel imperialista. Con frecuencia, los estudios que se han hecho sobre la vida y obra de José Carlos Mariátegui sólo han sido abordados fragmentariamente, descuidando a ese otro Mariátegui, el Mariátegui histórico, en el que teoría y la praxis confluyen, para esbozar las bases para una revolución cultural y social. Mariátegui no escribió solo del problema social en su tierra natal sino que abarcó aspectos latinoa-mericanos y mundiales. Escribió acerca de casi todas las vanguardias artísticas de su tiempo, pero lo más trascendente en él fueron sus profundos juicios políticos y sociales, que lo llevaron a pretender desarrollar una línea de acción para los sindicatos, las universidades populares y la organización del frente único, ideas aún hoy son una referencia válida para algunos grupos y partidos políticos de izquierda, tanto peruanos como latinoamericanos. Mariátegui tenía el convencimiento —como lo expusiera en una de sus conferencias— de que el instrumento de la revolución socialista era el proletariado industrial urbano. A partir de 1923, asumirá la dirección de la revista Claridad, que de ser el “órgano de la juventud libre del Perú” que pasará a ser el vocero de la Federación Obrera Local de Lima. Lo cual, además del hecho de haber organizado la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), con Julio Portocarrero, en 1929, nos dice mucho de su cercanía al movimiento obrero nacional. Mas, no obstante su manifiesta actividad proletaria, en él se expresa, por primera vez en América Latina, la idea de incluir el problema indígena y campesino en sus reflexiones políticas y sociales, tesis en la que residirá la originalidad de su desarrollo teórico: “La nueva generación peruana sien-te y sabe que el progreso del Perú será ficticio, o por lo menos no seré peruano, mientras no consti-tuya la obra y no signifique el bienestar de la masa peruana que en sus cuatro quintas partes es indígena y campesina”.
Para acercarse a Mariátegui, a su pensamiento y su acción, debemos acercarnos en primer lugar con el reconocimiento de su labor teórica y práctica desde una clara posición de clase, para poder extra-er lo medular y justo de sus planteamientos. Actualmente hay autores que pretenden convertir a José Carlos en un “librepensador”, “positivista”, —a pesar que en 1923, poco tiempo después de regre-sar de Europa, afirmó que: “las filosofías afirmativas, positivistas de la sociedad burguesa, están minadas por una corriente de escepticismo, de relativismo. El racionalismo, el historicismo, el po-sitivismo, declinan irrefrenablemente”. Hasta los “Troskistas” han pretendido apropiarse del trabajo teórico de Mariátegui —por unas cuan-tas líneas dedicadas al dirigente soviético que no pasa de ser lo mismo que hizo respecto a Benedet-to Croce, Nietzsche, Sorel, Gabriele D’Anunccio y otros en la recopilación de “Figuras y Aspectos de la Vida Mundial”— cuando aún no se conocía el verdadero papel que jugaría Trosky posterior-mente. Tratar de comprender a Mariátegui desde otra posición que no sea la concepción materialista de la historia es simplemente negarlo o convertirlo en un icono inservible, en un ídolo a quien se le rinde reverencia, pero que se niega la vigencia de su pensamiento. Tal vez porque no fue un devoto implicado en el desarrollo teórico —profesoral o universitario— no tuvo que sacrificar su originalidad en pos de enriquecer el paradigma marxista. Mariátegui tuvo otros alcances culturales. Su esfuerzo por recrear y adaptar el marxismo a la reali-dad peruana, y plantear la posibilidad de construir un socialismo “que no sea calco ni copia”, bus-caba responder a las contradicciones que presenta la compleja realidad de la trama andina, en la que el factor étnico y cultural se combina con el clasista. Respecto al papel que debería jugar el campesinado, motivó que fuera tachado de “populista” por sectores cercanos a la Tercera internacional como es el caso de Mirochevski que afirmaba que Ma-riátegui no había entendido el papel histórico del proletariado y su hegemonía dentro del movimien-to revolucionario. La Originalidad del pensamiento de José Carlos había significado un salto cualitativo que sólo será entendido muy tarde por sus detractores, que después de las críticas iniciales no tuvieron más reme-dio que hacer un reconocimiento póstumo al gran socialista peruano en los estudios de Sermenov, Culgovsky, Korionov y otros, en la misma Unión Soviética. Se tendría que esperar la teoría y la practica de la revolución china, para comprender que lo afirma-do por Mariátegui coincidía plenamente con los planteamientos del Presidente Mao Tse-Tung que consideró al campesinado chino como la fuerza motriz principal de la revolución. Conclusiones en ambos casos que parten de un análisis concreto de la estructura económica predominante en ambos países ya que en China como el Perú y muchos países latinoamericanos subsistían serios remanentes feudales. Al escribir el “Prefacio a El Amauta Astuparia”, crónica de la sublevación indígena de 1885, escrito por Alberto Reyna, Mariátegui establece la necesidad de la constitución del Partido, el Frante y el Ejército Popular como la única garantía de triunfo revolucionario; visión que coincide con los plan-teamientos del Presidente Mao Tse-Tung. Veamos: “La insurrección tuvo —dice Mariátegui en el mencionado prefacio— una clara motivación económico social, pero cuando la revuelta aspiró a transformarse en una revolución, se sintió impotente por falta de fusiles (EJERCITO), programa (FRENTE UNICO) y doctrina (PARTIDO). La imaginación del periodista Montesquerque, (uno de los protagonistas de la crónica) criollo romántico y mimetista, pretendió remediar esta carencia con la utopía de un retorno: La restauración del Imperio de los Incas… este retorno romántico al Imperio Incaico no era como plan más anacrónico que la honda y le rajón como armas para vencer a la República. El programa del movimiento era tan viejo e impotente como su parque bélico”. (LAS PALABRAS ENTRE PARÉNTESIS SON NUESTRAS). Su esfuerzo por recrear y adaptar el marxismo a la realidad nacional, y construir un socialismo que no sea calco ni copia, buscaba responder a las contradicciones que presenta nuestra compleja trama andina, en la que el factor étnico y cultural se combina con el clasista. El pensamiento de Mariátegui sigue siendo poderoso, como lo fuera durante su existencia. Hay que tomar a Mariátegui no simplemente como un intelectual, sino darle la verdadera categoría que me-rece: Mariátegui es un intelectual proletario, un organizador, un militante de la revolución peruana y de la revolución proletaria mundial. “Mariátegui no es un simple repetidor, no es un simple conocedor de cuatro o cinco fórmulas, sino que tiene algo más, algo más profundo, algo más marxista, toma el marxismo-leninismo y lo intro-duce, lo funde en nuestra realidad, lo mete en nuestra patria, lo encarna en nuestro suelo, y al en-carnarlo, introducirlo, al penetrarlo en nuestra patria con el marxismo, nos alumbra con un pen-samiento que aún sigue vigente. La interpretación que Mariátegui de nuestra patria los famosos “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” siguen siendo un documento inconmo-vible.” Los Siete Ensayos de Mariátegui sigue siendo un material fundamental para quien quiera compren-der la realidad social del Perú. Sus siete interpretaciones expuestas en forma magistral toca el Es-quema de la Evolución Económica, El problema del indio, El Problema de la Tierra, El Proceso a la Instrucción Pública, El factor religioso, Regionalismo y Centralismo y El Proceso a la Literatura, desde un punto correcto y exacto. Los análisis de Mariátegui son como un puñal clavado en el corazón de los intelectuales de derecha, que no perdieron tiempo para criticarlo, como es el caso de Víctor Andrés Belaunde. Mientras que los Siete Ensayos siguen vivos y se ha difundido a nivel mundial, el libro de don Víc-tor Andrés Belaunde ya muy pocos lo leen y hay que leerlo sólo por curiosidad histórica. Eudocio Ravines , tuvo el desparpajo de afirmar que los Siete Ensayos era una obra superficial y propia de un simple periodista. No podía esperarse otra cosa de un individuo que se pasó escandalo-samente al campo de la reacción. “La producción intelectual de Mariátegui constituye una herencia ideológica revolucionaria —frecuentemente falseada— que demuestra una versión ecuménica, una interrelación globalizadota, una aprehensión totalizadora, una comprensión universal, en síntesis, una concepción del mundo que conceptualiza toda la realidad prescindiendo de toda ideología burguesa y asumiendo la teoría de la clase obrera, el marxismo como método y concepción científica del mundo”. El 9 de abril de 1930, el pueblo peruano, acompañó sus restos mortales con la pesadumbre implaca-ble no tenerlo más entre nosotros, pero poseídos también de la voluntad afirmativa de sostener co-lectivamente la bandera de la cual Mariátregui fue insigne portador: El clamor popular de “adiós camarada, adiós maestro, adiós jefe” retumbó durante la marcha final al cementerio Presbítero Maestro en la ciudad de Lima. La temprana desaparición física del Amauta, (como llamaban a Mariátegui sus discípulos; rescatan-do el nombre del sabio, del poeta, del maestro en el Tahuantinsuyo), creo las condiciones para que en el propio partido surgiera un camino a seguir. El camino de Mariátegui surgió como producto de la lucha de clases al interior del Partido que el fundara. La polémica entre quienes afirman que Mariátegui nunca fundó el Partido Comunista y descalificar-lo como marxista leninista cae por los suelos si tenemos en cuenta su lucha por adherir el Partido a la Tercera Internacional de Lenin y Stalin. De acuerdo a lo que se había establecido en el Segundo Congreso celebrado en Polonia, todo parti-do socialista que desee afiliarse a la Komintern, debería denominarse comunista y así sucede des-pués de su fallecimiento. Esta lucha interna entre quienes propugnan su afiliación y quienes se oponen a esto, nos muestra nítidamente la existencia de dos líneas al interior del Partido, una que encarnaba la posición proleta-ria que era defendida por Mariátegui y otra oportunista y traidora encabezada por el encallecido revisionista Jorge del Prado y Hugo Pesche , que posteriormente fuera influenciada por la línea conocida como el “browderismo” en relación a los planteamientos de Eral Browder —Secretario General del Partido Comunista de los Estados Unidos de Norteamérica—, línea que plateaba la le-galización de los partidos comunistas y en una abierta colaboración con la burguesía que dicho sea de paso había influenciado a varios partidos comunistas en Latinoamérica. Mariátegui sigue vigente y seguirá vigente hasta que no se concrete la revolución socialista, sus puntos de vista —estrictamente revolucionarios— parecen podernos guiar hasta la fecha. Es necesario recuperar a Mariátegui y desarrollarlo, actualizarlo sin negar su legado.
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