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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI: Marxista convicto y confeso Hugo van Oordt H. UNA INTRODUCCIÓN NECESARIA
Un programa revolucionario nítidamente anarquista en que “Se queda a la postre con la re-beldía concebida como oposición como movimiento de presión de los trabajadores contra el orden establecido, es un revolucionario idealista que no define su metodología concreta. Ins-ta a los obreros a no participar en la vida política, a separarse de los partidos, a boicotear todas las manifestaciones de la sociedad oficial.” El mensaje revolucionario de González Prada es retomado por Mariátegui dejando de lado el enfoque libertario, anarquista y utópico, para imprimirle una proyección marxista, cabalmente científica. Las limitaciones teóricas del celebre “panfletario e iconoclasta acusador del pasa-do vergonzante que preconiza en el presente nauseabundo” constituye la premisa teórica de la cual emerge José Carlos Mariátegui como el más destacado pensador del siglo pasado, cuya capacidad, integridad y responsabilidad permiten establecer las bases teóricas y las institucio-nes del socialismo en el Perú. EL AMAUTA De origen humilde, José Carlos ve la luz en el departamento de Moquegua (en la costa sur del Perú) en 1895 y desde muy tierna edad, obligado por indiscutibles presiones económicas se liga al periodismo, comenzando a trabajar en el diario “La Prensa” como ayudante de linoti-pista. “Aunque soy un escritor muy poco autobiográfico, le daré yo mismo algunos datos su-marios. Nací el 95. A los 14 años entré de alcanza-rejones en periódico. Hasta 1919 trabajé en el diarismo, primero en "La Prensa", luego en "El Tiempo", finalmente en "La Razón". En este último diario patrocinarnos la reforma universitaria. El joven José Carlos comienza a colaborar periodísticamente en el diario en que trabaja con buen éxito ya que le comienzan a pedir colaboraciones en otros órganos periodísticos, llegan-do a fundar “La Razón” desde donde patrocina la reforma universitaria. Poco se conoce de su llamada “Edad de Piedra” –así la llamó él mismo— en que como joven periodista escribió sobre temas superficiales. El joven Mariátegui escribía crónicas hípicas, críticas de teatro, notas sociales, cuentos, poemas románticos. Lo mismo se puede encontrar en su producción un artículo sobre el triunfo del caballo Rudyard Ring que una crónica sobre el Señor de los Milagros, o un texto sobre las gitanas. “Las crónicas del joven Mariátegui pueden parecer frívolas, pero en muchas de ellas ya mos-traba preocupación por los desposeídos. En esta etapa se vincula con Valdelomar, y el Grupo Colónida, y el mundo intelectual, lo cual acaba siendo muy importante en su formación. A raíz de la defensa de la jornada de 8 horas para los obreros peruanos, que desde las páginas de “La Razón” impulsara vehementemente, es expulsado del país por el Dictador Augusto B. Leguía y viaja al viejo continente y se exilia en Italia. Allí es observador de primera mano del surgimiento del fenómeno fascista al que caracteriza magistralmente en colaboraciones perio-dísticas a varias publicaciones latinoamericanas. Mariátegui tipifica al fascismo —en contra de la apreciación simplista de utilizar el termino como sinónimo de represión— como un fenómeno esencialmente político, como una combi-nación de demagogia y represión, que en una primera etapa es más demagógico que represivo para pasar a una segunda etapa en que los papeles se invierten, constituyéndose en un movi-miento fundamentalmente represivo si dejar de ser demagógico. Era asimismo la ideología de la pequeña burguesía, con una rúbrica marcadamente antiproletaria. El fascismo según su percepción es un movimiento eminentemente anti-democrático, que combina el corporativismo, el intento de conciliar las clases y la movilización reaccionarias que se implementa desde la cúspide del poder. Posteriormente a su retorno al Perú, luego de “haber esposado una mujer y unas ideas” —según sus propias palabras— José Carlos Mariátegui aplica a la realidad peruana (y latinoa-mericana) los principios generales del marxismo-leninismo y asumió su defensa, enfrentando a corrientes pequeño-burguesas que negaban la necesidad del partido del proletariado. La primera guarra mundial y la triunfante revolución de octubre de 1917 crearon las condi-ciones tanto objetivas como subjetivas para el surgimiento de movimientos obreros que de-vendrían en la fundación de varios partidos comunistas en América Latina. El primer gran impacto de la guerra 1914-1918 se sintió en el descenso de las importaciones y la inversión de capitales, la escasez de bienes de consumo propició en América Latina cierto desarrollo de la industria ligera (especialmente textil) que contribuyó a un proceso limitado de industrialización y por ende de concentración obrera, consolidando el surgimiento de una cla-se que se venía produciendo desde las últimas décadas del siglo anterior: El Proletariado. Este crecimiento de la industria ligera originó lógicamente que la producción artesanal en pequeña escala sea sustituida por la gran producción, generando la concentración de trabaja-dores en gran escala, motivando la perdida de terreno a las corrientes anarcosindicalistas que hasta entonces mantenían la hegemonía en el movimiento obrero. La primera guerra mundial originó asimismo, el fenómeno de la sustitución de la inversión europea por la norteamericana; un imperialismo viejo y cansado era desbancado por otro im-perialismo joven y agresivo. La inversión de capitales de procedencia norteamericana había sido realmente escasa a nivel continental A excepción de México y otros países de Centro América, el capital norteamericano era realmente desconocido.
Es particularmente importante analizar el surgimiento del llamado movimiento aprista, funda-do en la Ciudad de México por Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) exiliado en aquel país por su participación en el movimiento estudiantil peruano, y es importante, porque la polémica entre ellos, marca el deslinde entre la posición proletaria y la posición del naciona-lismo pequeño burgués. La concepción primigenia de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), propo-nía para oponerse a la constitución de un partido obrero, la formación de un partido pluricla-sista, un llamado “Frente de Trabajadores Manuales e Intelectuales” en el cual no se definía cual de las clases que lo conformaban ejercía el papel dirigente y que rechazaba frontalmente el principio de la lucha de clases. El APRA actual, dirigida por Alán García Pérez —desde la presidencia— se ha entregado con armas a bagajes al neoliberalismo pro-norteamericano. Haya insistía en la necesidad de un partido férreamente disciplinado, que actuara bajo una dirección y control centralizado. El mismo era un líder de temperamento marcadamente auto-crático e intransigente; características que se ajustan a los partidos y líderes fascistas euro-peos.
La realización del Congreso Nacional de Estudiantes realizado en la ciudad del Cuzco en 1920, pone sobre el tapete las reivindicaciones de la pequeña burguesía intelectualizada.
Este “antiimperialismo aprista” perdió fuerza considerable cuando en la década de los treinta Franklin D. Roosvelt proclamó la política “del buen vecino”, pasando a partir de la década de los cincuenta a convertirse en un aliado y propagandista del imperialismo norteamericano, implementando un anticomunismo hepático y viseral, que inculcado a su militancia los empu-jaba a combatir cualquier forma de protesta popular. Sus puntos de vista sobre el problema de indio, el problema de la tierra en su trascendental obra “7 Ensayos de la Realidad Peruana” vigente hasta la fecha, su defensa del marxismo y la aplicación de este a la realidad concreta del Perú. Esta obra intelectual fue realizada mayorita-riamente en el lapso de siete años, entre 1923 y 1930, en condiciones físicas sumamente difí-ciles. A la edad de ocho años en 1902 “Después de una prolongada enfermedad queda lisiado de la pierna izquierda” Y casi al cumplir los 30 años en 1924 “Otra vez hace crisis la anti-gua dolencia y tienen que amputarle la pierna derecha, aparentemente en buen estado” La praxis política de Mariátegui no sólo abarcó el quehacer intelectual, como una luminaria latinoamericana del socialismo, sino que dedicó los últimos siete años de su vida al trabajo del organizador, el impulsor de los instrumentos de la revolución, a la centralización organizativa de la alianza obrero campesina —La Federación de Yanaconas y Comunidades, La Confede-ración General de Trabajadores— y fundamentalmente la fundación del Partido del Proleta-riado en el Perú. Mariátegui considera que la constitución del Partido del proletariado tiene que obedecer al desarrollo de la lucha de clases y no a la voluntad de los hombres, por lo que rechaza una exi-gencia de la Tercera Internacional que lo insta a acelerar la fundación del partido, hecho que crea una discrepancia y es acusado posteriormente de “Populista” —por la defensa del campe-sinado indio— a raíz de su posición en una ponencia enviada por él, a un Congreso Interna-cional realizado en Montevideo, Uruguay. Esta labor revolucionaria —frecuentemente falseada por tirios y troyanos— ha tratado de pin-tar un Mariátegui “humanista” “librepensador” “libertario” o “demócrata”, con el fin de des-truir su legado y convertirlo en un icono reverenciado pero en última instancia inservible. “Mariátegui no es un simple repetidor, no es un simple conocedor de cuatro o cinco fórmu-las, sino que tiene algo más, algo más profundo, algo más marxista, toma el marxismo leni-nismo y lo introduce y lo funde en nuestra realidad, lo mete en nuestra patria, lo encarna en nuestro suelo, y al encarnarlo, introducirlo, al penetrarlo en nuestra patria con el marxismo nos alumbra con un pensamiento que aún sigue vigente” La obra de Mariátegui intelectual y política desarrollada durante un lapso muy breve de tiem-po es en sí portentosa y se vio complementada con sus impulsos de editor mismas que se con-cretan en la constitución de la Editorial Amauta en 1925 y en la dirección de la revista “Amauta” dirigida a la intelectualidad y el combativo periódico “Labor”, un órgano especifico para los trabajadores. |
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