Cdnflag La Redvista Electrónica de Cultura Latinoamericana en Canadá
Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 84 - Plancartas en octubre
Publicación de octubre, 2003.
Página previa Página siguiente

La llegada

  Cuento por Oswaldo Perez Cabrera   (version pdf)

La llegada

Ella estaba sentada en una desvencijada silla en medio de la cocina esperando el fatídico final. La noche tenía un color de fría muerte, frío como el café que ahora reflejaba su rostro pálido. Su cuerpo estaba temblando y la angustia trataba de escapar por cada uno de sus poros. Ella pudo escuchar un trueno distante. Era como un presagio de la tragedia que estaba por ocurrir. La helada lluvia se acercaba como la profecía, inevitable. Su padre la miraba desde una esquina de la cocina, inmóvil en su vieja silla de ruedas, vestía una vetusta preocupación sabiendo que la calamidad era inminente. También pudo escuchar el sonido de su corazón latiendo como un tambor indomable mientras veía la mirada perdida de ella coronada por su cabello desarreglado posarse en su rostro. La mirada pedía ayuda en silencio escondida en el rostro hundido. El padre también era una víctima de los tiempos de angustia que reinaban la en casa desde la partida de Eliott, el padre tenía un rostro emancipado, lleno de carreteras construidas por el tiempo inmisericorde. El mismo tiempo que ahora se estaba acabando haciendo la eternidad un poco más corta.

Él se despertó temprano por la mañana nebulosa sabiendo que ese sería el día en que se aventuraría en su misión entre un soplo de primavera y los latigazos del frío.

Eliott dejó la ciudad al atardecer un día antes del fatídico final. Miró todas las luces desperdigarse a lo largo del horizonte oscuro. El interminable desfile de luces empezaba a desvanecerse cuando recordaba su destino culpable. Entonces las lágrimas borraban las luces mientras él sentía el vidrio frío en su frente. La tristeza lo aplastaba pero la ira era su salvadora, la única cosa que aún lo mantenía vivo. El sentimiento de venganza o de al menos estar seguro que la incertidumbre de la pesadilla acabara era su alimento diario. La oscuridad de la carretera le dio un refugio inconsciente, sintió que podía esconderse en la negrura de la montaña que estaba atravesando. Un bosque negro que escalaba la montaña tragándose la tierra y ocultando a toda clase de animales noctívagos. Eliot quiso perderse entre ellos para así poder evitar el horrendo destino que le aguardaba.

Su madre rezaba en el baño; puertas cerradas y temblando sin control. El cuadro en la pared azul pálido, una pintura de un ser diabólico rodeado por sombras oscuras hechas con colores oscuros le recordó la profecía que hacía estremecer su corazón. Como si alguien hubiera puesto allí la pequeña pintura para torturar la mente de los habitantes de la casa golpeada construida en medio de las lúgubres montañas de una región desconocida. Ella rezó con un Jesus de madera encadenado a sus manos, sus lágrimas estaban mojando los azulejos, deslizándose a través de las grietas del suelo alineado. La mezcla de lamentos y oraciones se escapaba por una pequeña ventana rota para alcanzar el oscuro bosque del territorio remoto, como una pista para el perseguidor. Eran como animales enjaulados esperando a un cazador preciso.

En la montañosa carretera serpentina el camión luchaba por alcanzar las partes altas de los picos. Eliott estaba sumergido en sus pensamientos. ¿Por qué un hombre no puede vivir feliz para siempre con el amor de su vida? ¿Por qué siempre tiene que haber algo terrible en el camino hacia la felicidad? ¿Por qué él? ¿Por qué tenía que pagar ese precio? Sus ojos estaban inyectados con una mezcla de coraje y desilusión, enojo y decepción. Los búhos estaban haciendo un festín con pequeños roedores escurridizos; los cuervos dando un concierto con graznidos distorsionados; los zorrillos perfumando el ambiente con sus advertencias, y los árboles huecos haciendo silbar al viento. Todo estaba en perfecta armonía con el clima húmedo que invadía los huesos. Él tuvo un mal presentimiento y un escalofrío lo perturbó cuando pensó en las profundidades del bosque oscuro. La luna llena a su máxima capacidad espiaba entre las densas nubes apenas iluminando algo. Eliot sabía que tenía la peor tarea de todos los seres humanos.

Las húmedas y frías hojas bajo sus pies, él sintió que estaba como en un sueño aproximándose rápidamente hacia su meta, sintiendo las ramas acariciando su rostro mientras corría a través de los senderos peligrosos de los montes encantados.

Ella sabía que sería infructuoso tratar de escapar, eso sólo prolongaría su agonía, una agonía que no era dolorosa físicamente pero que la drenaba mentalmente. El olor del tabaco de su padre la hizo vomitar cerca de la estufa, llorando mientras se recargaba sobre el herrumbre de un pedazo de mueble. Ella estaba cerca de un colapso nervioso pero se mantuvo quieta como un indio guerrero observando el rostro arrugado de su padre con una mirada fija-como pidiendo perdón, como pidiendo fuerza. Un lobo aulló en el bosque encantado como queriendo prevenir a los miembros de su manada que algo horrendo estaba a punto de ocurrir. La sensación en el aire hizo a los habitantes de la región desconfiar de cada metro cuadrado de su entorno. Todos dentro de la casa estaban sobresaltados y las gotas de sudor frío provocaban un castigo innecesario para ellos. El café frío era molestado por una lágrima solitaria que provocó una ola café que distorsionó el reflejo de una cara asustada.

Finalmente llegó a la estación más pequeña que sólo consistía de un sucia cafetería con dos mesas y un viejo expendio de billetes. Eliot había soñado que iba apurado entre el bosque cayendo en las trampas de los malvados charcos de lodo. Despertó justo a tiempo siendo el único pasajero que desembarcaría en esa remota locación. Sabía que aún tendría que caminar una buena distancia antes de alcanzar la casa. También sabía que sería una dolorosa y turbulenta caminata donde su peor enemigo serían sus remordimientos más que la sórdidas condiciones del clima y los inquietos habitantes del área. Hasta la luna seguía escondida tras el escenario teatral que proveían las nubes de tormenta. Sintió el acero en su bolsillo para asegurarse a si mismo que todo estaría bien a pesar de que sabía que estaba marcado para la eternidad por su crimen. Un trueno en su espalda lo hizo ir más allá de su capacidad con la adrenalina como copiloto. Dejó el miedo en la estación solitaria.

Él vio la casa rústica apenas iluminada por algunas velas. Pudo ver su aliento levantarse en el aire en forma de una nube de agitación mientras sentía una descarga familiar en su exaltado cuerpo.

La madre vio la muerte en la forma de una sombra. Ella se paniqueó en posición fetal en una esquina de la tina. Entonces vino la calma. Después la ventana rota fue destruida y su llanto se hizo más fuerte. En la cocina las caras sollozaron con una mueca indescriptible, incapaces ya de mirarse uno a otro. Era el pabellón de la muerte entre sartenes y comida perecedera. La madre se aterrorizó cuando tuvo el coraje de abrir los ojos y ver al hombre que estaba a punto de exterminarla. Recibió un par de golpes antes de ser estrangulada. Estaba perdiendo la conciencia cuando sintió algo que penetraba su estómago y el dolor agudo le informó que estaba cerca del alivio de su sufrimiento. El cristo de madera estaba colgando, llorando por su alma perdida. La puerta se azotó castigando la pared. El padre sólo fijo su mirada en sus piernas insensibles esperando el golpe final, murmuró una breve plegaria y la muerte cayó sobre él en forma de una navaja que rajó su garganta. La mujer gritó Eliot a todo pulmón y se colapsó en el piso de la cocina mientras una enorme sombra dejaba caer un hechizo mortal sobre ella.

Él disfrutó el olor a sangre y el sabor fresco de la carne humana. Bebió algo del líquido vital como honrando a sus víctimas como cualquier cazador respetable.

Cuando llegó a la casa, sólo la luz tenue de una vela agonizante iluminaba el interior. Llegó con su arma lista para la pelea, pero era demasiado tarde. El hórrido espectáculo que sus ojos vieron estaba más allá de cualquier descripción, su mente fue perforada para siempre, tatuada con un recuerdo macabro. Vio algunas criaturas comiendo del cuerpo abierto de su amante. Con sangre en sus bocas y pedazos de intestino colgando huyeron cuando Eliot soltó un grito descomunal. Él sabía que esto iba a pasar. Pensó que podría engañar a la maldad absoluta. Había cambiado el conocimiento de la magia negra por algo preciado, Eliot pensó que podría ser su miserable alma. Así que aprendió el oficio de las brujas y se volvió poderoso. Pero nunca contempló enamorarse de una gitana. Nunca contempló que ella se convertiría en su posesión más valiosa aquella noche que hicieron el amor bajo la luz de las estrellas. Trató de esconderse cuando se dio cuenta del peligro que corría y le pidió perdón, después trató de engañar al diablo. Le explicó todo a ella y el amor perdonó, no así el diablo que apareció un día en un caldero de flamas inmisericorde e imposible de engañar. Eliot corrió a tratar de evitar la masacre y la perdición del alma de su amante sólo para encontrar su cuerpo abierto y los dos cuerpos de sus amados padres que ahora no eran mas que un par de campesinos desmembrados.

Él, la bestia con su cara deformada y su enorme cuerpo vagó en el bosque negro esperando por la siguiente víctima de su amo todavía saboreando el hierro en su boca. Esperando por el siguiente humano que hambriento por el conocimiento negro sea capaz de pactar con Belcebú quien castiga llevándose para siempre el amor de sus vidas para después tener que seguir vagando sabiendo que han condenado el alma de un ser amado a la criatura más podrida y sus acólitos.
OSWALDO PEREZ CABRERA



Share

Página previa Página siguiente

Otras publicaciones dentro de este número.

  1. pendiente7
    Artículo por pendiente7
    (ver versión en pdf)
  2. Sinfonía negra
    Poesía por Mario Melendez
    (ver versión en pdf)
  3. Memoria intacta
    Poesía por Emilce Strucchi
    (ver versión en pdf)
  4. La llegada
    Cuento por Oswaldo Perez Cabrera
    (ver versión en pdf)
  5. Halloween
    Ensayo por Alejandro Sicardi
    (ver versión en pdf)
Loading...